24 abr. 2017

[Relato] 30 segundos.

¿Por qué he estado tan fuera estos días? Pues es bastante sencillo, lo creáis o no, he estado sin wifi y, aunque tengo datos en el móvil para procrastinar, no tenía wifi para subir entrada. ¿Lo bueno? Tengo varias entradas en sucio.

Ahora vamos a lo importante, como habréis podido leer muches en mi Twitter, ¡he ganado un concurso de relatos! Y, aunque solo fuese a nivel de mi instituto, estoy muy feliz de haber ganado algo con mis textos ¡y ha sido por segundo año consecutivo! Me voy a ir dejando buena marca. Así que, sin mucho más que añadir, os dejo por aquí este intento de relato de terror. ¡Espero que os guste!

Hormigas de metal recorren los serpenteantes esqueletos de asfalto en el mismo momento en el que tú sales finalmente de tu oficina. ¿Qué hacías? No importante, probablemente solo fuese una parte más de tu aburrida rutina: despertar, recorrer un camino hasta el mencionado lugar, trabajar unas ocho horas —si tienes suerte y el jefe no decide que estés una, o dos, más—, recorrer el mismo camino de antes, pero a la inversa, y volver a casa para dormir e iniciar unas horas después esa misma rutina.

Imitas aquello que estás viendo y subes en tu propio vehículo, lo arrancas con algo de dificultad, la edad empieza a notarse no solo en ti, y recorres tu camino hacia casa. Enciendes la radio, pero no hay nada que te llame demasiado la atención: las noticias hablan de lo de siempre: ladrones en puestos importantes o incluso reales, un delito por odio que se suma a la grandiosa lista de los que ya tenéis en apenas unos meses, un robo mínimo que es fuertemente castigado, un joven que ha comentado algo por las redes y será penado… Tonterías que estás ya harto de escuchar, así que cambias la emisora y ahora se escucha una música alegre y pegadiza, no de demasiada calidad, siquiera de tu gusto, pero la dejas puesta.

Llegas a casa tras unos treinta minutos, que podrían haber sido la mitad si no fuese por la cantidad de viandantes que han decidido justo hoy no utilizar su medio de transporte habitual y llenar las calles de sus molestos cláxones y humo contaminante; obviamente, ellos lo están haciendo mal, tendrían que haber seguido con su rutina: como tú. Abres la puerta tras aparcar y dejas el largo chaquetón colgado al lado de la entrada, justo debajo, tu maletín lleno de papeles que ni siquiera recuerdas haber hecho, quizá no sean ni tuyos.

Recorres el pasillo, muy pobremente decorado: un par de cuadros comprados en el bazar de la esquina que parecen odiarse entre sí y a la casa misma a la vez, un reloj de cuco que hace años que no es más que un decorado inútil y un pequeño mueble coronado por un mantel blanco con letras en árabe decorando el borde: si tu abuelo lo viese quizá se desmayaba ahí mismo; y llegas finalmente a tu habitación: una sala cuadrada, completamente blanca y con simplemente una cama en el centro y un armario a su lado para deshacer la pureza de la nada.

Coges tu pijama, casi tan soso como el resto de lo que tines, en la tienda no tenían nada más simple por desgracia. Vas hacia el baño, para lo que solo tienes que recorrer el ancho del pasillo y abres la puerta con un agudo chirrido. “Nota mental: Comprar algo para la puerta. Chirría mucho”, piensas sin darle más importancia. Enciendes la luz e iluminas la taza del baño, la pequeña ducha donde apenas cabrían dos personas muy apretujadas y el lavabo, con su correspondiente armario-espejo encima.

Dejas tu pijama sobre el inodoro y sueltas un profundo bostezo antes de empezar a sacarte la camisa, para lo que agarras por la parte de abajo y tiras hacia arriba sin ningún miramiento por tu cabeza u orejas: para qué usar los botones, ¿no? Dejas caer la camisa y te desabrochas el pantalón, empujando ahora hacia el suelo. Ni siquiera te preocupas por recogerlo, ya lo harás cuando hayas salido y lo hayas empapado todo: así te ahorras comprar la alfombrilla que llevas diciendo tres meses que comprarías.

Antes de entrar te miras en el espejo, solo unos segundos, pero es suficiente para que veas la demacración de tu rostro: las cejas han decidido finalmente caerse y acompañar en la forma a las bolsas bajo tus ojos teñidas de un morado enfermizo, tus pómulos, años atrás sonrosados y alegres, ahora caídos y decorados aquí y allá por las marcas del paso de los años; tus labios han perdido su color intenso que casi hacía parecer que te echabas algo cada mañana, y tus ojos han dejado de brillar para convertirse en unas tormentas azules que solo buscan la hora del descanso. ¿Quién diría que aún no tienes ni cuarenta inviernos?

Entras en el pequeño recipiente cubierto por una lámina de algún plástico traslúcido que impide que nadie vea qué hay dentro, como si alguien fuese a hacerlo en algún momento. Giras el círculo metálico rodeado por el azul y un segundo después haces igual con el de la vuelta roja. El agua cae sobre tu piel, primero fría, pero en no demasiado tiempo se adapta a tu temperatura deseada. Sueltas un último bostezo y, finalmente, colocas la cabeza justo bajo la alcachofa.

Tus párpados se unen en un abrazo que dona oscuridad y las gotas de agua de caen lentamente desde su hogar de nacimiento hasta la tierra fértil donde morirán para servir a una misión mayor para ellas, habitual para ti. Caen y resbalan por todo tu cuerpo, ya sin vida, en caso de haberla tenido en algún mísero momento, y recorren cada una de las marcas que te hacen quien eres: ese pequeño lunar justo debajo de tu omóplato izquierdo por el que se interesaron los médicos cuando naciste, pero que ahora no guarda ninguna importancia; la cicatriz en el estómago que te hiciste por jugar en un árbol demasiado alto para ti, las pequeñas pecas que luchan por crecer en tus hombros como hongos ocupando un árbol, los pelos que crecen por allí y por allá y esas canas que has tratado ocultar desde hace años: ¡eres demasiado joven!, o eso te repites.

Un escalofrío recorre tu espalda. No le haces caso. “Será solo algo de aire que ha entrado”, piensas sin crear el pensamiento y sigues dejando el agua recorrer tu cuerpo.

Abres los ojos lentamente, quieres ver el agua caer en forma de cascadas desde tu cabeza, siempre te ha calmado eso, pero no sabes por qué ni le has dado siquiera importancia: simplemente te gusta, ¿qué más importa?

Han pasado treinta segundos desde que los cerraste.

Giras en el sentido contrario los grifos y el agua deja de correr en un camino suicida en busca de tu limpieza, grandes soldados que arriesgaron su vida por el gran humano, pero que no serán jamás recordados más allá de como crítica social cuando la sequía conquiste todo o cuando el pantano de al lado esté bajo. Depende de lo que llegue antes.

La sensación que recorre tus huesos es cada vez más intensa, pero prefieres apartarlo, como si no existiese. Pero existe, pero está ahí. El agua purificadora puede eliminar de ti los restos físicos del cansancio del día, la suciedad del aire o inclusa limpiar algunos pensamientos, pero no podrá jamás eliminar aquello que sientes, aquello que tus sentidos te gritan.

Ignóralo. Así haces con todo, ¿no?

Vuelves a abrir el grifo y sientes de nuevo las pequeñas gotas caer en su constante camino y cómo aquella maldita sensación desaparece según las gotas caen hasta el tragadero, en un camino directo a su paraíso, no sin antes recorrer el camino de penitencia máximo. Y cierras los ojos.

Tu respiración está calmada: tu pecho apenas sube y baja, un pequeño deje de movimiento lo impulsa en aquel rítmico paso lento entre el exterior y el interior de tu ser. Tu pulso está calmado: tu corazón bombea a un ritmo normal, unas sesenta pulsaciones por minuto, no asciende, no baja. Lo normal.

Pero esa sensación vuelve, esos ojos que no son ojos, esa mirada que no mira, eso… Sea lo que sea, algo te observa. Lo notas. Notas como su visión pasa de tus pies a tu espalda, a tu nuca y finalmente a tu cabeza. Tienes los ojos cerrados, eso no. Eso te observa, lo notas, lo sientes. Su respiración, ese viento suave que antes rechazabas, está ahí, en tu piel, la roza, la toca.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve…

No puedes evitarlo y rápidamente tu pulsación se acelera, tu pecho se alza cada vez de manera más rápido y la boca se te reseca, y la saliva parece desaparecer de toda tu boca, siendo sustituida por aire que entra rápido. Entra y se va.

Veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho…

Abres los ojos de nuevo. Tranquilo no hay nada, no es nada. Quizá solo tienes miedo a los treinta segundos de oscuridad.


O quizá si hay algo que te observa y quizá tu miedo es lo que te salva. Recuerda, ten miedo, te hace 
sobrevivir ante lo que no ves. ¿Cómo lo sé? Bueno, yo te observo, sé lo que pasa a tu alrededor.





3 abr. 2017

Consejos para el Camp.

¡Buenas!
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Estoy completamente enamorado del header, ¿VALE?
En efecto, como podéis ver, este año me he apuntado a esta cosita de abril a la que llaman cordialmente Camp Nanowrimo, pero que a mí me gusta llamar así: Nano, pero tú eliges si quieres morir o no en el intento; y me he dicho que quizá sería buena idea dar unos consejos atrasados (Sí, sé que ya ha empezado, pero tss).

1.- Lo más importante es escribir.

No sé vosotres, pero esto mismo me lo dije cuando intenté hacer el Nano, y, aunque apenas escribí 15.000-20.000 palabras, acabé bastante contento porque había sido capaz de escribir un poco de esa idea de novela (aunque esta palabra me suene demasiado grande) que tenía en la cabeza desde hacía como un año.

No os preocupéis si no conseguís vuestro reto, es normal: nunca se sabe qué puede aparecernos y no teníamos planeados. Si escribís cien palabras, ya son cien más que quizá de otro modo no habríais escrito.
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A escribir como Hamilton: ¡Quememos las teclas del ordenador!
2.- Márcate un reto lógico.

Muchas personas, en las que me encuentro, tendemos a marcarnos metas poco creíbles o, como mínimo, muy difíciles de alcanzar y no es algo malo, es normal ser muy autoexigente; pero os recomendaría pensar en cuánto vais a poder escribir, cuánto soléis escribir por media hora (por ejemplo)...

Me pongo como ejemplo, mis dos últimas semanas de abril son solo exámenes porque termino el curso, se acerca el First... y el tiempo será reducido y, aunque tenemos las vacaciones de primavera, voy a estar liado esos días también y no sé cuánto tiempo tendré para escribir, por lo que he establecido un propósito bajito: 10.000 palabras, apenas 300 por día.

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Mi cerebro cuando digo que no quiero pasarme y meterme demasiada caña.

3.- Arrejúntate.

Con esta palabra tan preciosa de los pueblos manchegos (y de otros sitios) quiero deciros que, aprovechando el sistema de cabinas, os unáis a alguna, con amigues o no, y así os podáis apoyar unes a les otres, ¡un empujocito siempre es bueno!

Por ejemplo, Lulu del blog Lulu Von Flama creó una con esta intención, ¡y ya está llena! Con escritores ansiosos de conseguir su reto o, como mínimo, escribir y apoyarse entre sí.

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Es algo así, pero sin fuego ni malvaviscos.
Ojalá hacer algo así.

4.- Disfruta y date premios.

Hay veces que se nos olvida que la escritura, aunque lo hagamos como un trabajo (De lo que Dragón Mecánico ya nos habló aquí), es disfrute también (y cualquier trabajo en general) y que tenemos que intentar eso mismo: disfrutar, que no sea un castigo o un suplicio, como aquel pequeño Ru que le mandaban copiar partes de libros si se portaba mal o discutía con su hermano.

Daos premios: cada mil palabras, un euro para libros; si lo consigues, comprar Scrivener, o un libro... ¡lo que sea que nos amine a escribir!

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Si tenéis muchas ganas a ese descuento de Scrivener, siempre podéis hacer trampUPS.
5.- Haz trampas.

Antes de que me saquéis del Camp, me peguéis o me quitéis el carnet de escritor, quiero que volváis a leer el primer punto. Sí, es muy importante avanzar en nuestro proyecto, pero también es coger la costumbre de escribir, ¿qué pasa si un día no se te ocurre nada sobre dicho proyecto? ¿No escribes? ¡Pues claro que no! Te pones a corregir, con un relato, con otro proyecto... ¡lo que sea! Pero escribe, eso es lo que estamos buscando con esto: escribir.

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Esto irá para muches de nosotres al terminar el Camp.

¡Bueno, bueno! Sin mucho más que decir, os dejo por aquí con un último mensaje... ¡recordad disfrutar! Buena escritura y buen camp, ¡un cyberabrazo!