[Relato] Ángel mortuorio.


¡Buenas tardes!

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Con este gif tan cutre, os traigo la entrada que os prometí: ¡Un relato! Hace muchos eones, aún las musas pululaban por la calle, mi amiga Firenze me pidió un relato por Twitter y hasta hoy no le di el último punto y final, ¡pero ya está aquí!

Espero que lo disfrutéis y nos vemos el lunes que viene, con nuevas noticias para todes.



El sonido repetitivo de la ambulancia taladra mi cabeza como la  bala rasga el pecho de un mortal. Mortales, pequeños seres sin ningún futuro más allá de morir, de convertirse en polvo para volver a hacer lo mismo una y otra vez. Mi trabajo es simplemente guiarlos hasta este dulce final, pero esta vez parece ser completamente diferente.

Miro el cuerpo casi inerte de mi mortal y una sensación extraña se deposita en mi pecho cuando veo el suyo luchar por seguir bajando y subiendo constantemente, me pregunto cómo se sentirá eso a lo que llaman “respirar”. Desde luego, suena demasiado agotador, gastar energía de tu cerebro para poder seguir viviendo una insignificante existencia.

Al menos, el afán por respirar de los humanos nos ahorra muchísimo trabajo, pero su aún más estúpido afán por destruirse unos a los otros, hace que tengamos muchísimo más, un claro balance negativo. Se asesinan porque se creen poseedores de otras vidas… Ay, si supiesen que ni su propia vida les pertenece, pobres almas en desgracia.

Una de las enfermeras no para de gritarle cosas al conductor, tiene mucha prisa por llegar. ¿Sería adecuado que le comentase que no va a morir hoy? Bah, no serviría de nada. Pequeños y estúpidos mortales, se creen tan capaces, tan inteligentes y poseedores de su vida, pero no son más que insignificantes piezas menores a un peón. Me aburren.

Intento esconder un bostezo tras mi mano y noto las secas gotas de sangre que adornan mi piel, casi me había olvidado de ellas, ¿cómo me ha podido manchar tanto en tan poco tiempo? Solo espero que la sangre se limpie fácil, Dios nos permite tener algo similar a una vida mortal, pero no tener todo el dinero que necesitemos; aunque bueno, para ese mamonazo solo debemos estar en la Tierra cuando vayamos a recoger almas. Pobre idiota, no sabe cuánto puedes llegar a divertirte por aquí abajo.

De pronto, mi humano tose y la enfermera sonríe orgullosa de sí misma, según dice están intentando reanimarle, aunque aún nos quedan unos minutos hasta llegar al hospital y está perdiendo demasiada sangre. Le han aumentado también la dosis de tranquilizantes, al parecer si se despierta todo le dolerá muchísimo. “Dolor”, desde luego suena bastante interesante ese sentimiento y, según he leído, puede ser originado de demasiadas formas, los humanos son unos apasionados a este “dolor”, les gusta recibirlo y, sobre todo, causarlo.

He leído que pueden llegar a meterse en relaciones en las que saben que sufrirán, simplemente intentando no dañar a la otra persona. Se creen tan importantes, se creen tan poderosos que su mera falta provocará un agujero eterno en los sentimientos de sus compañeros. Se creen conocedores de lo absoluto, pero no son más que pequeñas copias imperfectas de un mundo fallido y propenso a su autodestrucción, gobernado por un monstruo que solo se interesa por su bien y su entretenimiento.

Estúpidos humanos, son tan simples.

El pitido irritante de la máquina se detiene y la enfermera palidece al instante: mi humano se está muriendo. Bostezo pesadamente y ella me mira extrañada por un segundo, pero rápidamente se centra en su paciente. Pobre ilusa, no sabe que hoy no va a morir. Cierro los ojos y me concentro en su árbol de la vida, lo vislumbro y busco entre sus ramas hasta llegar a este mismo instante, avanzo algo más para saber qué pasará ahora, pero está en blanco. Está en blanco.

Aprieto los puños ligeramente y rastreo entre todas las ramas, todas las hojas, todas las raíces y frutos en los que está escrito el futuro de mi saco de carne, pero no hay nada. Ahora soy yo el que palidece por unos segundos, ¿por qué no hay nada más? ¿Su futuro se está borrando? No, no puede ser, el futuro de las personas no puede estar en blanco, debe haber algo escrito, debe haber algo en su árbol. Pero no, no hay nada. Nada.

Le observo y noto que una pequeña gota de sudor resbala por mi frente, me tiemblan ligeramente las manos y tomo las suyas, deseando que su alma se mantenga donde debe estar, que espere hasta volver a su verdadero hogar. Noto los labios secos y cómo el corazón se me ha acelerado rápidamente. “Por favor, quédate”.

Espera… ¿Es esto a lo que llaman preocupación? ¿Estoy acaso sintiendo uno de los imperfectos sentimientos mortales? No, no puede ser. Nosotros recolectamos almas de humanos e ignoramos qué son los sentimientos. No puedo sentir nada por este que no sea lo mismo que sienten ellos cuando compran algún producto, para nosotros son solo eso: productos que recolectamos, son objetos.

Pero no puedo evitar sentir cómo los órganos propios de esta forma se alteran y sudo, y necesito más oxígeno, y mi ritmo cardíaco se acelera, y mis ojos empiezan a empaparse. ¿Es esto acaso lo que llaman sentir? ¿Es solo una alteración de algunos órganos? Si es así, ¿acaso me he roto por culpa de un juguete con el que disfruto follando? ¿Acaso en esta forma puedo llegar a sentir?

Miro a los cielos, en busca quizá de mis hermanos y hermanas, en busca de los ascendidos, en busca de aquel al que llama Dios, pero solo puedo alcanzar y apreciar el calmado techo blanco del vehículo que nos lleva hacia la salvación de Marcus. Marcus… ese era, es, su nombre. Pensé que jamás lo recordaría. Curioso.

No, no debo centrarme en el estúpido nombre del estúpido mortal, no, debo centrarme en la puta mierda que es que al parecer, ¡no veo nada! Me cago en Dios, ¿qué cojones está pasando? Y encima no paro de sudar, al final voy a oler peor que este mortal después de follar.

Alzo la vista, quizá algo desesperado, aunque jamás lo admitiré y por fin veo en la distancia más cercana el hospital, varios médicos empiezan a salir a la puerta y la enfermera que nos ha acompañado todo el camino me intenta tranquilizar, aunque sinceramente, no escucho nada de lo que dice. Me da igual. Mi mortal no va a morir… Marcus va a vivir.

Una vez nos bajamos, todo se convierto en carreras, tensiones y un mareo incesante que recorre cada uno de los poros de mi piel, cada uno de los minúsculos orgánulos que me permiten sentir porque estoy sintiendo.

Pasan un par de horas en esa constante angustia, en ese malestar extendido del que tanto había leído, pero que ahora parece, es, tan real; y una doctora sale y se acerca a mí. Yo intento levantarme, pero, por primera vez, las piernas no obedecen y mi cabeza da tantas vueltas que no veo nada en su rectitud. Ella parece entender lo que me sucede y se sienta a mi lado.

Con palabras delicadas me informa que está mucho mejor, pero que le quedarán unas marcas y que tiene algún que otro hueso roto, pero que saldrá adelante. Me pregunta qué ha pasado y se lo intento explicar, aunque realmente solo recuerdos unos gritos, unos chavales acercándose a nosotros y golpeándonos a Marcus y a mí, obviamente omito la parte en la que los echo por los aires con apenas chasquear los dedos. Jamás lo creería tampoco.

—Quizá esto es un castigo de Dios —susurro finalmente, quizá queriendo hacer exterior un pensamiento interno. Ella me mira raro, quizá me toma por un religioso.


Lo que no sabe es que yo odio a Dios.




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