[Reto ELDE] 2: Reencuentro entre alcohol.

Esta semana continuamos con los relatos del maravilloso reto ELDE (Aquí os dejo el primero) y, además, esta semana vamos a tener dos (Sí, esta semana va a haber entrada ¡Fiesta!), para así llegar a poderme al día.

Sin más preámbulos, ¡allá vamos!


Encontrarme con él en aquel lugar fue quizá la sorpresa más maravillosa de toda la noche, pero él no bailaba al ritmo de aquella música que siquiera me gustaba o entendía, no, él servía copas a un ritmo demasiado acelerado para una sola persona a un grupo demasiado grande como para estar amontonados frente a una larga barra de bar, o mejor dicho: discoteca, necesitadas quizá de aquellos licores para desinhibirse de su superego y control, bailar desenfrenadamente o, simplemente porque lo disfrutaban.

Sus carnosos labios se arqueaban en forma de una sonrisa ante la llegada de cualquiera de los bebedores, sin embargo, bajo sus azules ojos podía apreciarse el arco morado del cansancio, quizá por las larguísimas horas de trabajo, quizá porque era incapaz de llevar un sueño adecuado por las mañanas; y su pelo rubio, peinado con suma delicadeza empezaba a mostrar en su base unos perlados ejemplares de calor y cansancio.

Verlo fue maravilloso y despertó en mi mente unos recuerdos que había guardado en lo más interno de mi ser:

Nos habíamos conocido cuando yo cursaba el último curso de mi educación obligatoria, momento en el que él repitió por segunda vez, pero no fue hasta el último curso del instituto que empezamos a congeniar más. En aquella época él había ido pasando de curso gracias a los designios de la suerte y alguna que otra chuleta, mientras que yo solo conseguía matrículas de honor; el disfrutaba de su vida, mientras que yo me había quedado encerrado en un mundo de notas y exámenes, quedando totalmente solo, ni un solo amigo había aguantado mi falta de vida más allá de aquellos libros.

Nos ayudamos mutuamente.

Con él tuve mi primera borrachera, de la que no recuerdo prácticamente nada más allá de los infernales dolor de cabeza y náuseas con las que me levante a la mañana siguiente, fui por primera vez a una discoteca, fumé (algo que dejé al poco tiempo, el sabor amargo del tabaco no era precisamente de mi gusto) e hice un sinfín de actividades “malas” que jamás habría hecho sin su ayuda. Sin embargo, empecé a vivir y disfrutar, aunque mis notas se vieron ligeramente afectadas, algo que mis padres castigaron continuamente, hasta darse cuenta que un “notable” no era malo.

Por otro lado, yo le acompañaba constantemente en unas tarde de estudio que al principio fueron poco fructuosas, pero que al final le permitieron incluso disfrutar de los estudios y poder sostener el trabajo de fin de semana en el pub que dirigía un amigo suyo. Gracias a mi ayuda, creo, y a su esfuerzo consiguió sacar el último curso con notas más que decentes.

Pasamos muchas horas juntos y, cuando me di cuenta, me había enamorado.

Al principio me lo negué, varias veces, pues aunque al final me había aceptado, me negaba en rotundo a creer que el resto de personas lo hiciesen y siempre me escondía, temeroso de sus respuestas. Él fue el primero en saberlo e incluso me ayudó a encontrar mi primera pareja, sin saber que él era el único con el que quería tener algo más que amistad.

El último verano juntos pasó y yo me fui a una ciudad muy lejana a estudiar, mientras él se quedó allí. Durante el primer año solía subir casi cada mes a nuestra localidad, visitarle y recordar algún momento antiguo haciendo algo nuevo; pero a cada año que pasaba, yo subía menos y menos, hasta el punto de que el año que lo volví a ver, el último de la carrera, solo bajé dos veces: una en Navidad y otra dos semanas antes de empezar los últimos exámenes, la vez que nos vimos.

Me acerqué a la barra, tras escuchar la risa de mis amigos, ¿acaso lo había planeado?, esperé a que me atendiese y cuando lo hizo no se dio cuenta de quién era hasta que, minutos después, me trajo mi bebida, una mezcla de otras que él me había enseñado. Iba a salir, pero al ver que no hacían más que llegar personas, me pidió que entrase un segundo, lo hice y me cubrió en un abrazo.

Pegué la cabeza a la parte alta de su pecho cuando lo hizo, me sacaba bastante altura (algo no demasiado difícil) y el guantazo de la añoranza me golpeó: no había cambiado su colonia y olía igual que cuando éramos más jóvenes; sinceramente, poco había cambiado desde entonces: su barba seguía perfectamente recortada, su espalda seguía siendo ancha en comparación al resto del cuerpo y unas curvas bastante marcadas se veían tras su ajustada camisa blanca que, de un modo increíble, estaba impoluta, libre de la mancha de cualquier bebida o alimento.

Me pidió que me quedase hasta el cierre, quería hablar conmigo a solas, como tantas veces habíamos hecho antes.

La noche pasó con una lentitud apabullante, la gente empezó a salir lentamente y, llegada la hora del cierre, se sacó con “delicadeza” a todos aquellos que seguían bailando, pese a haber desaparecido toda música, y pidiendo más bebidas, pese a que la barra había cerrado. Finalmente estábamos solos.

Hablamos un rato y nos contamos todo lo que nos había sucedido en este tiempo, ya nos habíamos visto antes, pero apenas unos minutos o horas cortas que no daban para conversaciones eternas. Entonces las horas pasaron con mucha más prisa y cuando los dimos cuenta el sol ya estaban en una posición relativamente alta, decidimos descansar ya en nuestras casas.

Me contó que había dejado los estudios, que no eran para él, y que había ido saltando de un trabajo precario a otro hasta conseguir uno medio decente y otro, en el que le había encontrado, también precario y con un sueldo no demasiado alto; pero al parecer le daba para poder independizarse y separarse de su familia cercana, algo que claramente le estaba ayudando en su día a día: su casa siempre había estado sumida en peleas y diversos problemas de convivencia que sobrepasan lo sano para cualquiera.

Le admiraba.

En casa, dormí hasta la hora de salida de mi tren y escapé del pueblo costero a la gran capital para terminar todos mis estudios. Los últimos exámenes y el trabajo final fueron extremadamente pesados y jamás deseé tanto dejar de estudiar, incluso me planteé dejar los estudios un par de veces, abrazo por el frío y desolador tacto del estrés. Pero todo ello acabó, terminé mis exámenes con unas notas bastante decentes (incluso con alguna que otra matrícula suelta en mi expediente).

La fecha finalmente había llegado: todos íbamos perfectamente vestidos y llevábamos el orgullo y la satisfacción (y la alegría por haber finalizado por fin) como complemento. Familiares y amigos se disponían delante nuestro al tiempo que recogíamos papeles que acreditaban que oficialmente lo habíamos completado. Éramos graduados.

Busqué a mi familia con la mirada, los había perdido hace rato, y entonces lo encontré a él: su cabello rubio brillaba con la fuerza del sol, su sonrisa proyectaba el orgullo que me corazón sentía y sus ojos azules me miraban con el cálido tacto de un manantial. No me di cuenta de cómo ni cuándo, pero salí corriendo a sus brazos, abiertos entonces para recogerme.

—Estoy muy orgulloso de ti —Aquello fue lo único que nos dio tiempo a intercambiar antes de que llegase mi familia para acompañarnos.

 Me sonrojé, me sonrojé tantísimo que creo que podría haberme convertido en un tomate en aquel mismísimo instante. Se había hecho todo aquel camino, todas las horas de viaje, solo para verme, para verme recibir mi premio, para verme sonreír orgulloso de mí mismo y para estar él mismo orgulloso de mí.

Antes de separarnos de nuevo, después de haber celebrado, me pidió que le visitase al lugar de nuestro reencuentro, me daría tarjeta VIP (algo que me sorprendió, jamás pensé que pudiese haber algo así en una discoteca de un pueblucho) y podría incluso para con él cuando no hubiese grandes masas de gente. Yo asentí.

Fue entonces quizá cuando empezamos con “juegos de cortejo”, si hubiésemos sido de otra especie probablemente habríamos llegado a aparecer en algún tipo de documental del medio día:

Él me ofrecía bebidas que yo aceptaba a cambio de que me dejase ayudarle en la barra. Algún que otro roce se colaba: a veces era yo, a veces él y a veces los dos, o al menos eso quise creer. Entonces me di cuenta que me había vuelto a enamorar, o quizá ese sentimiento solo se había visto ensombrecido por la distancia, pero siempre se había mantenido ahí: presente.

Al final, apenas una semana después de haber empezado mi descanso de verano, empecé a trabajar con él tras la barra, había hablado con su jefe y me había metido, aunque el sueldo no era precisamente alto, pero me daba algo de dinero hasta empezar el nuevo curso y, sobre todo, segundos, minutos, horas que disfrutar a su lado.

Me gustaba soñar despierto y pensar que cuando rozaba mi mano o cualquier otra parte de mí era realmente una caricia o que enlazaba sus dedos con los míos para algo más que darnos apoyo mutuo cuando venía alguien non grato de nuestro pasado o cuando mucha gente llegaba a nosotros.

Pasaron dos meses con aquel juego de adolescentes con demasiado temor a admitir qué sentían, meses en los que retomamos incluso con más potencia nuestra antigua relación: las tardes las pasábamos juntos donde fuera que nos llevase el viento estival, y las noches las pasábamos tras una barra de bar, aguantando a gente más o menos borracha, más o menos agradable y educada.

Ya estábamos cerrando, todo el mundo se había ido y estábamos dejando las cosas medio preparadas para la limpieza. Quizá fue un accidente, pero ojalá hubiese pasado antes.

Él ordenaba los taburetes pegados a la barra, al tiempo que yo subía las sillas de la zona más alejada de la pista de baile, me acerqué hacia él con intención de hablar las cosas, tenía ya demasiados sentimientos golpeando mi garganta, siquiera sé cómo fui capaz de retenerlos en mis cuerdas vocales, tan cerca de poder soltarlo al fin, tan cerca de… declararme.

Andaba con pasos seguros, no demasiado largos, pero tampoco cortos. Tenía la mente centrada en ello y la vista fija en su perfecta anatomía, en sus perfectos ojos, su perfecto cabello rubio que pese a acabar siempre despeinado, haría que cualquier dios matase por él. Su rostro, una harmonía perfecta de entrantes y salientes, de claroscuros, de facciones marcadas y sin marcar…

Quizá por estar demasiado centrado en él me resbalé. Cerré los ojos esperando el golpe, pero él ya me había cogido, aunque mis gafas no habían llegado a ser salvadas. Las busqué con la mirada, como si fuese capaz de ver algo más que sombrar y colores danzando entre sí de un modo demasiado atrevido para cualquier ser de la naturaleza. Entonces todo se volvió nítido y, demasiado cerca, estaba su perfecta sonrisa (¿he dicho ya que era perfecto?) ladeada en un gesto ligeramente burlón.

Cerré los ojos, inspiré y me acerqué a él, a sus labios y a mi confesión. Fui lento, demasiado lento, quería que él me diese su consentimiento o que se apartase en caso de que no fuese así, pero entonces mis labios sintieron la presión de los suyos, no porque ya hubiesen llegado a su destino, sino porque se habían metido en la trayectoria de otros.

Nos separamos segundos después de aquel torpe beso. Me colocó y yo, vergonzoso, intenté decir algo, pero al no encontrar palabras coherentes, volvimos a unirnos en aquel beso. Una vez, y otra, y otra… Apoyó mi espalda contra la barra y nuestras bocas iniciaron un baile a un compás demasiado lento y demasiado rápido al mismo tiempo; demasiado dulce y demasiado intenso al mismo tiempo; demasiado ruidoso y demasiado silencioso al mismo tiempo…

Estábamos él y yo, sin ropa alguna, sobre la barra que poco antes habíamos limpiado, diciéndonos en gesto lo que habíamos callado durante tantísimo tiempo.

El resto de detalles de aquel momento quedan en nuestra privacidad y solo puede decir que aquella noche ambos gritamos el nombre del otro.





Comentarios

  1. AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
    me he muerto de adorabilidad (y creo que me los he imaginado muy clarence y hazan en mi cabeza) PERO ES QUE ES PERFECTO. ES SUPER CUQUI Y ME HA ENAMORADO.
    Voy a dejar de gritar ya...
    ES GENIAL
    Vale, ahora sí.
    Ánimo con el resto del reto.
    ¡Un besín!

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