[Reto ELDE] 1: Feliz año.

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¡Saludos!

Como muchos sabréis, ELDE prepara cada año 52 retos para escritura, este año yo he decidido a apuntarme, así que por aquí esta la primera muestra. ¿Cuánto creéis que aguantaré?

Las brujas os desean un muy feliz año.

La puerta donde descansaba la Suma sacerdotisa estaba cerrada, pero la hora estaba cada vez más cerca y aún no habían empezado a preparar el altar. Llamó un par de veces de forma rítmica y abrió dicha puerta, dando un paso dentro de la habitación antes de recibir ninguna respuesta.

La habitación no era mucho más amplia que las del resto de la casa, aun así era capaz de entrar en ella una gran cantidad de objetos: en el centro, bajo un tragaluz decorado con vidrieras policromadas, se situaba la gran cama de tonalidades marrones; a la izquierda, un armario de caoba que cubría gran parte de la esquina de la habitación; y, finalmente, a la derecha un espejo de pie junto a un tocador, donde en aquellos instantes una anciana se colocaba un cinturón de cuerda para amaestrar el trozo de tela que daba forma a su túnica.

   —Madre, deberíamos empezar a preparar ya el altar, la hora se acerca —la voz que sonó a su espalda sonaba sumamente dulce, en un tono bajo que parecía no querer molestar siquiera al viento por el que su mensaje vibraría.

La suma sacerdotisa giró la cabeza para encontrarse con su hija, Arabelle. Le sonrió de forma agradable y con un gesto de la mano le invitó a que se acercase a ella, frente al espejo alargado en el que se estaba preparando y cuando lo hizo le respondió con la misma dulzura que emitía su sonrisa:

   —Antes de ir tenemos que prepararnos y… hablar. —Hizo una pequeña pausa, más por el “efecto artístico” que por una verdadera necesidad—. Como sabrás, este es tu tercer año como novicia y en apenas otros dos empezarás tu verdadero camino como sirviente del dios y la diosa, ¿verdad? —la destinataria de aquella pregunta asintió lentamente. Ya sabía cómo continuaría aquello—. Y también sabes lo poco que me agrada esa idea… Cielo, eres hija de una sacerdotisa mayor, pero no por ello tienes que dedicarle tu vida a esto, ¡debes encontrar tu camino!

Mientras hablaban, siguió preparándose: la túnica malva debía estar en perfecto estado y el pelo recogido en una trenza que terminaba en un recogido simple, pero elegante a la vista. Sin embargo, ya no era aquella joven que empezó su noviciado casi ochenta años atrás, en unos años sería entregada a la tierra y comenzaría el descanso que le permitiría empezar de nuevo la rueda de la vida, el ciclo vital; las manos le temblaban y le costaba expresar el mismo entusiasmo y fuerza que la habían caracterizado durante tantísimos años, todo ello parecía descansar, prepararse para el fin.

   —Madre, este es el camino que yo misma he elegido, es para lo único que sirvo…

Las manos arrugadas y pálidas de la anciana pasaron del blanco de su cabello al moreno de la piel de su hija. Le rozó con delicadeza la mejilla y tiró de su hombro hasta situarla frente a ella misma, empezando después a recogerle la larga melena violácea en una larga trenza que imitaba al cereal rey: el trigo.

   —Eres una de las mejores adivinas y curanderas de tu generación, en el consejo muchas brujas hablan de que llegarías a ser muy importante si te alejases de la religión y la fe —la abuela seguía insistente en la idea de que su pequeña no estaba siguiendo su camino—. Estas destinada a mucho más.

   —Pero esto es lo que quiero ser: quiero seguir mi camino en la fe y ayudar a todas mis hermanas. ¿Por qué tú, siendo la Suma quieres que lo deje de lado? —si alguien la escuchase hablar sin entender el idioma sería incapaz de ver el enfado en su voz, pues seguía sonando bajita, aunque ya con menos dulzura en el tono y acercándose a un tono neutro.

   —Cielo —la llamó para que la mirase tras dejar la trenza y se sentó en la cama situada a su lado, indicándole con unas palmadas en ellas que se sentase también—, ambas sabemos que no me queda demasiado en la tierra y lo que menos me gustaría es que tus decisiones estén relacionadas con lo que yo soy y no con lo que tú quieres ser. Tienes que…

   —Yo soy quien mejor sabe qué tiene que hacer, madre… —por primera vez, su voz sonó sebera, aunque en ningún momento elevó el tono—. Ahora vayamos a preparar el altar, por favor.

***

El altar ya había sido preparado adecuadamente y una gran masa de mujeres de diferentes partes de todo el globo se situaban bajo la improvisada pirámide escalonada, hecha con madera solo para aquel evento. En la estructura principal estaba coronada por un mantel malva, del mismo color de la túnica de la anciana Suma Sacerdotisa, sobre el cual descansaban un incensario al norte, una vela dorada al este, una plateada al oeste y, finalmente, un cáliz y un cuenco en el centro.

La suma dio un paso al frente e indicó con un gesto a las dos novicias de túnica blanca que encendiesen las velas y el incienso. Una vez estuvo hecho, alzó los brazos y con voz solemne entonó los primeros versos de la canción que daba la bienvenida a la ceremonia:

«Llamo por las fuerzas de la Diosa Madre y del Dios padre,
Llamo por las fuerzas de la Tierra, del Aire, del Fuego y de
El Agua, llamo por el Sol, por la Luna y por las estrellas».

Tras esto, el resto de mujeres se unieron en el mismo canto, repitiendo estos versos y añadiendo otros muchos otros mientras el incienso se consumía y agua y alimentos frutales eran depositados en el cáliz y el cuenco. La suma alzo la mano y de nuevo todas callaron.

   —Yo, Mishná, trigésima cuarta Suma Sacerdotisa de nuestra comunidad de brujas en sintonía con la Madre Naturaleza y las hijas e hijos del Antiguo Dios, os entrego a vosotras, herederas de la otra vida y el cambio, un destino de prosperidad y evolución al tiempo que os dedico mis últimas palabras como vuestra guía religiosa:

»Mi tiempo entre los mortales va llegando a su fin, en pocas lunas estaré descansando para poder volver a la tierra e iniciar así el círculo infinito de Los Antiguos —Hubo diversos cuchicheos que lentamente fueron subiendo el tono, obligando al final a la anciana a guardar silencio—. No estéis tristes ni os alarméis, hermanas —habló tras casi un minuto de mudez, cuando la calma había vuelto—. Mis conocimientos no se perderán, muchas de las aquí presentes habéis sido alumnas mías y habéis recogido mis conocimientos orales en vuestro corazones y libros de las sombras, nada está perdido. Solo deberemos esperar a que el Dios y la Diosa nos comuniquen quién guiará a nuestra comunidad —pero ella ya lo sabía.

El silencio era denso como la niebla de brumario y solo se veía entorpecido por el tambaleo del viento, el piar de algunos pájaros, el ulular de otros, los aullidos lejanos de lobos celebrando el día de su señor y su señora… el sonido de la Tierra.

Mishná tomó entre sus manos un pequeño pedazo de papel ungido en aceites puros, previamente escrito con una caligrafía de líneas finas y rápidas, pero que habían sido previamente escritas en su mente con sumo cuidado. Continuó con la celebración del nuevo año y acercó al fuego de la vela plateada el pequeño pedacito al tiempo que recitaba:

«Sabia Dama de la Luna Menguante,
Diosa de la noche estrellada
enciendo este fuego en tu caldero
para transformar aquello que me envenenaba.
Antiguos Dioses en esta noche ayúdenme a vislumbrar,
como puedo del mal al bien las situaciones transformar.
Que las energías se reviertan,
de la luz a la oscuridad
de la muerte a la vida,
como el Dios, yo he de cambiar».

Una vez el papel estuvo completamente consumado, alzó el rostro y su voz:

    —¡Alzad vuestras velas y que este año resulte próspero para nuestras almas!

Y con vítores, cientos de velas se encendieron y cientos de papeles ardieron al son de la oración dicho anteriormente por la Suma, todas las mujeres allí presentes incendiaron sus pequeños papeles, que ardieron con silenciosa calma en contraposición a sus poseedoras, quienes cantaban al nuevo año y al cambio.

La Suma miró a su hija, situada a su derecha, y sonrió con gran dulzura. No iba a poder cambiar los designios de la diosa, la niña a la que acogió tras la dolorosa muerte de su familia iba a seguir sus propios pasos muy de cerca.

Pero tendría que esperar, aún era joven.



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