28 ene. 2017

Cómo escribir en exámenes.




Oh, queridos, queridos exámenes. Casi todos los hemos tenido alguna vez en nuestra vida, casi todos conocemos ese nerviosismo cuando se acercan, esas tardes llenas de apuntes, adhesivos, bolígrafos, subrayadores... Todo un arsenal de materiales, pero sobre todo, de tiempo. Muchísimo tiempo.

Este tiempo es algo que podemos utilizar para ESCRIBIR. ¿Y qué podemos hacer para escribir durante estas tediosas fechas? ¡Os dejo unos consejos!

1.- Organízate.

Voy a partir de la base que, como escritores y estudiantes, sois, somos, seres desorganizados por excelencia. No lo neguéis, es estúpido, y cuanto antes lo aceptemos: mejor. Necesitamos organizarnos, necesitamos tener nuestra vida sumida en algo más que no sea el más puro y enorme caos universal. Sé que es difícil, pero puede ser lo más útil del mundo.

Para ello os recomiendo Sinjania (en especial esta entrada) y el blog Estudio Avellana.

2.- Saca media hora.

Lo ideal sería sacar todo el tiempo posible, pero si seguís lo que he dicho anteriormente, probablemente podáis sacar como mínimo media hora para poder escribir, y hablo como mínimo, mínimo, mínimo. Aprovechad todo lo que podáis esa media hora para escribir, planificar, informaros, crear personajes, lluvias de ideas... ¡Lo que sea!

Clara Tiscar nos entrega unos maravillosísimos consejos para ello mismo.

3.- Aprovecha los descansos.

TODOS nos tomamos, o deberíamos, descansos entre estudio y estudio: cada X páginas, cada X minutos, cada X temas... Como sea que os organicéis para ello, nadie mejor que vosotros sabe qué método os viene mejor, pero tomad descansos.

Estos descansos pueden ser aprovechados para dejar escapar la imaginación y escribir una palabrillas, no tienen porque ser 24601, con apenas 100 o 200 ya estaríamos haciendo algo más que decente.

Os pongo mi ejemplo: utilizo técnica pomodoro para estudiar: 30' estudiando, 5'; pues muchos de esos descansos, sobre todo los primeros, cuando más energía tengo, los utilizo para escribir mediante la técnica de la Escritura automática, de la cual os hablé hace eones (en esta entrada), o incluso para hacer microrrelatos... Cosas cortas, pero ya es escribir.

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Tomatito bonito (yo uso otros medios, obviamente) que te
permite concentrarte cuando tu cerebrito no quiere.
4.- Madruga, pero descansa.

Dicen que a quien madruga, Dios le ayuda. No sé hasta qué punto de verdad la divinidad se preocupa porque madruguemos o no, pero desde luego quien madruga va a tender a aprovechar más el día, debido a que prácticamente todo nuestro comportamiento (hablo de la cultura en la que me muevo, no sé cómo funcionará en otros sitios, aunque supongo que más o menos igual) se centra en el día.

Pero, POR FAVOR, descansad: dormid un mínimo de siete horas, a poder ser ocho, e intentad en todo lo posible aprovechar esas horas para dormir y descansar, os aseguro que vuestros días y ánimo mejorarán.

Os dejo por aquí un par de enlaces con consejitos: EntrepreneurUn vídeo (está en inglés pero se entiende bien).

5.- Cuidaos y quereos.

Esta es la más importante de todas, ¿por qué? Porque no hacerlo hará que vuestro estrés esté por las nubes, os sintáis en la mayor mierda del universo entero. Y, lo creáis o no, eso puede ser muy malo para vuestra escritura y, sobre todo para vosotros mismos. Así que, por favor por favor por favor, tomaos momentos para vosotros mismos, para descansar y desfrutar porque también es MUY NECESARIO.

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Ya sabéis: ¡Hay que beber té!

23 ene. 2017

[Reto ELDE] 2: Reencuentro entre alcohol.

Esta semana continuamos con los relatos del maravilloso reto ELDE (Aquí os dejo el primero) y, además, esta semana vamos a tener dos (Sí, esta semana va a haber entrada ¡Fiesta!), para así llegar a poderme al día.

Sin más preámbulos, ¡allá vamos!


Encontrarme con él en aquel lugar fue quizá la sorpresa más maravillosa de toda la noche, pero él no bailaba al ritmo de aquella música que siquiera me gustaba o entendía, no, él servía copas a un ritmo demasiado acelerado para una sola persona a un grupo demasiado grande como para estar amontonados frente a una larga barra de bar, o mejor dicho: discoteca, necesitadas quizá de aquellos licores para desinhibirse de su superego y control, bailar desenfrenadamente o, simplemente porque lo disfrutaban.

Sus carnosos labios se arqueaban en forma de una sonrisa ante la llegada de cualquiera de los bebedores, sin embargo, bajo sus azules ojos podía apreciarse el arco morado del cansancio, quizá por las larguísimas horas de trabajo, quizá porque era incapaz de llevar un sueño adecuado por las mañanas; y su pelo rubio, peinado con suma delicadeza empezaba a mostrar en su base unos perlados ejemplares de calor y cansancio.

Verlo fue maravilloso y despertó en mi mente unos recuerdos que había guardado en lo más interno de mi ser:

Nos habíamos conocido cuando yo cursaba el último curso de mi educación obligatoria, momento en el que él repitió por segunda vez, pero no fue hasta el último curso del instituto que empezamos a congeniar más. En aquella época él había ido pasando de curso gracias a los designios de la suerte y alguna que otra chuleta, mientras que yo solo conseguía matrículas de honor; el disfrutaba de su vida, mientras que yo me había quedado encerrado en un mundo de notas y exámenes, quedando totalmente solo, ni un solo amigo había aguantado mi falta de vida más allá de aquellos libros.

Nos ayudamos mutuamente.

Con él tuve mi primera borrachera, de la que no recuerdo prácticamente nada más allá de los infernales dolor de cabeza y náuseas con las que me levante a la mañana siguiente, fui por primera vez a una discoteca, fumé (algo que dejé al poco tiempo, el sabor amargo del tabaco no era precisamente de mi gusto) e hice un sinfín de actividades “malas” que jamás habría hecho sin su ayuda. Sin embargo, empecé a vivir y disfrutar, aunque mis notas se vieron ligeramente afectadas, algo que mis padres castigaron continuamente, hasta darse cuenta que un “notable” no era malo.

Por otro lado, yo le acompañaba constantemente en unas tarde de estudio que al principio fueron poco fructuosas, pero que al final le permitieron incluso disfrutar de los estudios y poder sostener el trabajo de fin de semana en el pub que dirigía un amigo suyo. Gracias a mi ayuda, creo, y a su esfuerzo consiguió sacar el último curso con notas más que decentes.

Pasamos muchas horas juntos y, cuando me di cuenta, me había enamorado.

Al principio me lo negué, varias veces, pues aunque al final me había aceptado, me negaba en rotundo a creer que el resto de personas lo hiciesen y siempre me escondía, temeroso de sus respuestas. Él fue el primero en saberlo e incluso me ayudó a encontrar mi primera pareja, sin saber que él era el único con el que quería tener algo más que amistad.

El último verano juntos pasó y yo me fui a una ciudad muy lejana a estudiar, mientras él se quedó allí. Durante el primer año solía subir casi cada mes a nuestra localidad, visitarle y recordar algún momento antiguo haciendo algo nuevo; pero a cada año que pasaba, yo subía menos y menos, hasta el punto de que el año que lo volví a ver, el último de la carrera, solo bajé dos veces: una en Navidad y otra dos semanas antes de empezar los últimos exámenes, la vez que nos vimos.

Me acerqué a la barra, tras escuchar la risa de mis amigos, ¿acaso lo había planeado?, esperé a que me atendiese y cuando lo hizo no se dio cuenta de quién era hasta que, minutos después, me trajo mi bebida, una mezcla de otras que él me había enseñado. Iba a salir, pero al ver que no hacían más que llegar personas, me pidió que entrase un segundo, lo hice y me cubrió en un abrazo.

Pegué la cabeza a la parte alta de su pecho cuando lo hizo, me sacaba bastante altura (algo no demasiado difícil) y el guantazo de la añoranza me golpeó: no había cambiado su colonia y olía igual que cuando éramos más jóvenes; sinceramente, poco había cambiado desde entonces: su barba seguía perfectamente recortada, su espalda seguía siendo ancha en comparación al resto del cuerpo y unas curvas bastante marcadas se veían tras su ajustada camisa blanca que, de un modo increíble, estaba impoluta, libre de la mancha de cualquier bebida o alimento.

Me pidió que me quedase hasta el cierre, quería hablar conmigo a solas, como tantas veces habíamos hecho antes.

La noche pasó con una lentitud apabullante, la gente empezó a salir lentamente y, llegada la hora del cierre, se sacó con “delicadeza” a todos aquellos que seguían bailando, pese a haber desaparecido toda música, y pidiendo más bebidas, pese a que la barra había cerrado. Finalmente estábamos solos.

Hablamos un rato y nos contamos todo lo que nos había sucedido en este tiempo, ya nos habíamos visto antes, pero apenas unos minutos o horas cortas que no daban para conversaciones eternas. Entonces las horas pasaron con mucha más prisa y cuando los dimos cuenta el sol ya estaban en una posición relativamente alta, decidimos descansar ya en nuestras casas.

Me contó que había dejado los estudios, que no eran para él, y que había ido saltando de un trabajo precario a otro hasta conseguir uno medio decente y otro, en el que le había encontrado, también precario y con un sueldo no demasiado alto; pero al parecer le daba para poder independizarse y separarse de su familia cercana, algo que claramente le estaba ayudando en su día a día: su casa siempre había estado sumida en peleas y diversos problemas de convivencia que sobrepasan lo sano para cualquiera.

Le admiraba.

En casa, dormí hasta la hora de salida de mi tren y escapé del pueblo costero a la gran capital para terminar todos mis estudios. Los últimos exámenes y el trabajo final fueron extremadamente pesados y jamás deseé tanto dejar de estudiar, incluso me planteé dejar los estudios un par de veces, abrazo por el frío y desolador tacto del estrés. Pero todo ello acabó, terminé mis exámenes con unas notas bastante decentes (incluso con alguna que otra matrícula suelta en mi expediente).

La fecha finalmente había llegado: todos íbamos perfectamente vestidos y llevábamos el orgullo y la satisfacción (y la alegría por haber finalizado por fin) como complemento. Familiares y amigos se disponían delante nuestro al tiempo que recogíamos papeles que acreditaban que oficialmente lo habíamos completado. Éramos graduados.

Busqué a mi familia con la mirada, los había perdido hace rato, y entonces lo encontré a él: su cabello rubio brillaba con la fuerza del sol, su sonrisa proyectaba el orgullo que me corazón sentía y sus ojos azules me miraban con el cálido tacto de un manantial. No me di cuenta de cómo ni cuándo, pero salí corriendo a sus brazos, abiertos entonces para recogerme.

—Estoy muy orgulloso de ti —Aquello fue lo único que nos dio tiempo a intercambiar antes de que llegase mi familia para acompañarnos.

 Me sonrojé, me sonrojé tantísimo que creo que podría haberme convertido en un tomate en aquel mismísimo instante. Se había hecho todo aquel camino, todas las horas de viaje, solo para verme, para verme recibir mi premio, para verme sonreír orgulloso de mí mismo y para estar él mismo orgulloso de mí.

Antes de separarnos de nuevo, después de haber celebrado, me pidió que le visitase al lugar de nuestro reencuentro, me daría tarjeta VIP (algo que me sorprendió, jamás pensé que pudiese haber algo así en una discoteca de un pueblucho) y podría incluso para con él cuando no hubiese grandes masas de gente. Yo asentí.

Fue entonces quizá cuando empezamos con “juegos de cortejo”, si hubiésemos sido de otra especie probablemente habríamos llegado a aparecer en algún tipo de documental del medio día:

Él me ofrecía bebidas que yo aceptaba a cambio de que me dejase ayudarle en la barra. Algún que otro roce se colaba: a veces era yo, a veces él y a veces los dos, o al menos eso quise creer. Entonces me di cuenta que me había vuelto a enamorar, o quizá ese sentimiento solo se había visto ensombrecido por la distancia, pero siempre se había mantenido ahí: presente.

Al final, apenas una semana después de haber empezado mi descanso de verano, empecé a trabajar con él tras la barra, había hablado con su jefe y me había metido, aunque el sueldo no era precisamente alto, pero me daba algo de dinero hasta empezar el nuevo curso y, sobre todo, segundos, minutos, horas que disfrutar a su lado.

Me gustaba soñar despierto y pensar que cuando rozaba mi mano o cualquier otra parte de mí era realmente una caricia o que enlazaba sus dedos con los míos para algo más que darnos apoyo mutuo cuando venía alguien non grato de nuestro pasado o cuando mucha gente llegaba a nosotros.

Pasaron dos meses con aquel juego de adolescentes con demasiado temor a admitir qué sentían, meses en los que retomamos incluso con más potencia nuestra antigua relación: las tardes las pasábamos juntos donde fuera que nos llevase el viento estival, y las noches las pasábamos tras una barra de bar, aguantando a gente más o menos borracha, más o menos agradable y educada.

Ya estábamos cerrando, todo el mundo se había ido y estábamos dejando las cosas medio preparadas para la limpieza. Quizá fue un accidente, pero ojalá hubiese pasado antes.

Él ordenaba los taburetes pegados a la barra, al tiempo que yo subía las sillas de la zona más alejada de la pista de baile, me acerqué hacia él con intención de hablar las cosas, tenía ya demasiados sentimientos golpeando mi garganta, siquiera sé cómo fui capaz de retenerlos en mis cuerdas vocales, tan cerca de poder soltarlo al fin, tan cerca de… declararme.

Andaba con pasos seguros, no demasiado largos, pero tampoco cortos. Tenía la mente centrada en ello y la vista fija en su perfecta anatomía, en sus perfectos ojos, su perfecto cabello rubio que pese a acabar siempre despeinado, haría que cualquier dios matase por él. Su rostro, una harmonía perfecta de entrantes y salientes, de claroscuros, de facciones marcadas y sin marcar…

Quizá por estar demasiado centrado en él me resbalé. Cerré los ojos esperando el golpe, pero él ya me había cogido, aunque mis gafas no habían llegado a ser salvadas. Las busqué con la mirada, como si fuese capaz de ver algo más que sombrar y colores danzando entre sí de un modo demasiado atrevido para cualquier ser de la naturaleza. Entonces todo se volvió nítido y, demasiado cerca, estaba su perfecta sonrisa (¿he dicho ya que era perfecto?) ladeada en un gesto ligeramente burlón.

Cerré los ojos, inspiré y me acerqué a él, a sus labios y a mi confesión. Fui lento, demasiado lento, quería que él me diese su consentimiento o que se apartase en caso de que no fuese así, pero entonces mis labios sintieron la presión de los suyos, no porque ya hubiesen llegado a su destino, sino porque se habían metido en la trayectoria de otros.

Nos separamos segundos después de aquel torpe beso. Me colocó y yo, vergonzoso, intenté decir algo, pero al no encontrar palabras coherentes, volvimos a unirnos en aquel beso. Una vez, y otra, y otra… Apoyó mi espalda contra la barra y nuestras bocas iniciaron un baile a un compás demasiado lento y demasiado rápido al mismo tiempo; demasiado dulce y demasiado intenso al mismo tiempo; demasiado ruidoso y demasiado silencioso al mismo tiempo…

Estábamos él y yo, sin ropa alguna, sobre la barra que poco antes habíamos limpiado, diciéndonos en gesto lo que habíamos callado durante tantísimo tiempo.

El resto de detalles de aquel momento quedan en nuestra privacidad y solo puede decir que aquella noche ambos gritamos el nombre del otro.





19 ene. 2017

[Reto ELDE] 1: Feliz año.

~

¡Saludos!

Como muchos sabréis, ELDE prepara cada año 52 retos para escritura, este año yo he decidido a apuntarme, así que por aquí esta la primera muestra. ¿Cuánto creéis que aguantaré?

Las brujas os desean un muy feliz año.

La puerta donde descansaba la Suma sacerdotisa estaba cerrada, pero la hora estaba cada vez más cerca y aún no habían empezado a preparar el altar. Llamó un par de veces de forma rítmica y abrió dicha puerta, dando un paso dentro de la habitación antes de recibir ninguna respuesta.

La habitación no era mucho más amplia que las del resto de la casa, aun así era capaz de entrar en ella una gran cantidad de objetos: en el centro, bajo un tragaluz decorado con vidrieras policromadas, se situaba la gran cama de tonalidades marrones; a la izquierda, un armario de caoba que cubría gran parte de la esquina de la habitación; y, finalmente, a la derecha un espejo de pie junto a un tocador, donde en aquellos instantes una anciana se colocaba un cinturón de cuerda para amaestrar el trozo de tela que daba forma a su túnica.

   —Madre, deberíamos empezar a preparar ya el altar, la hora se acerca —la voz que sonó a su espalda sonaba sumamente dulce, en un tono bajo que parecía no querer molestar siquiera al viento por el que su mensaje vibraría.

La suma sacerdotisa giró la cabeza para encontrarse con su hija, Arabelle. Le sonrió de forma agradable y con un gesto de la mano le invitó a que se acercase a ella, frente al espejo alargado en el que se estaba preparando y cuando lo hizo le respondió con la misma dulzura que emitía su sonrisa:

   —Antes de ir tenemos que prepararnos y… hablar. —Hizo una pequeña pausa, más por el “efecto artístico” que por una verdadera necesidad—. Como sabrás, este es tu tercer año como novicia y en apenas otros dos empezarás tu verdadero camino como sirviente del dios y la diosa, ¿verdad? —la destinataria de aquella pregunta asintió lentamente. Ya sabía cómo continuaría aquello—. Y también sabes lo poco que me agrada esa idea… Cielo, eres hija de una sacerdotisa mayor, pero no por ello tienes que dedicarle tu vida a esto, ¡debes encontrar tu camino!

Mientras hablaban, siguió preparándose: la túnica malva debía estar en perfecto estado y el pelo recogido en una trenza que terminaba en un recogido simple, pero elegante a la vista. Sin embargo, ya no era aquella joven que empezó su noviciado casi ochenta años atrás, en unos años sería entregada a la tierra y comenzaría el descanso que le permitiría empezar de nuevo la rueda de la vida, el ciclo vital; las manos le temblaban y le costaba expresar el mismo entusiasmo y fuerza que la habían caracterizado durante tantísimos años, todo ello parecía descansar, prepararse para el fin.

   —Madre, este es el camino que yo misma he elegido, es para lo único que sirvo…

Las manos arrugadas y pálidas de la anciana pasaron del blanco de su cabello al moreno de la piel de su hija. Le rozó con delicadeza la mejilla y tiró de su hombro hasta situarla frente a ella misma, empezando después a recogerle la larga melena violácea en una larga trenza que imitaba al cereal rey: el trigo.

   —Eres una de las mejores adivinas y curanderas de tu generación, en el consejo muchas brujas hablan de que llegarías a ser muy importante si te alejases de la religión y la fe —la abuela seguía insistente en la idea de que su pequeña no estaba siguiendo su camino—. Estas destinada a mucho más.

   —Pero esto es lo que quiero ser: quiero seguir mi camino en la fe y ayudar a todas mis hermanas. ¿Por qué tú, siendo la Suma quieres que lo deje de lado? —si alguien la escuchase hablar sin entender el idioma sería incapaz de ver el enfado en su voz, pues seguía sonando bajita, aunque ya con menos dulzura en el tono y acercándose a un tono neutro.

   —Cielo —la llamó para que la mirase tras dejar la trenza y se sentó en la cama situada a su lado, indicándole con unas palmadas en ellas que se sentase también—, ambas sabemos que no me queda demasiado en la tierra y lo que menos me gustaría es que tus decisiones estén relacionadas con lo que yo soy y no con lo que tú quieres ser. Tienes que…

   —Yo soy quien mejor sabe qué tiene que hacer, madre… —por primera vez, su voz sonó sebera, aunque en ningún momento elevó el tono—. Ahora vayamos a preparar el altar, por favor.

***

El altar ya había sido preparado adecuadamente y una gran masa de mujeres de diferentes partes de todo el globo se situaban bajo la improvisada pirámide escalonada, hecha con madera solo para aquel evento. En la estructura principal estaba coronada por un mantel malva, del mismo color de la túnica de la anciana Suma Sacerdotisa, sobre el cual descansaban un incensario al norte, una vela dorada al este, una plateada al oeste y, finalmente, un cáliz y un cuenco en el centro.

La suma dio un paso al frente e indicó con un gesto a las dos novicias de túnica blanca que encendiesen las velas y el incienso. Una vez estuvo hecho, alzó los brazos y con voz solemne entonó los primeros versos de la canción que daba la bienvenida a la ceremonia:

«Llamo por las fuerzas de la Diosa Madre y del Dios padre,
Llamo por las fuerzas de la Tierra, del Aire, del Fuego y de
El Agua, llamo por el Sol, por la Luna y por las estrellas».

Tras esto, el resto de mujeres se unieron en el mismo canto, repitiendo estos versos y añadiendo otros muchos otros mientras el incienso se consumía y agua y alimentos frutales eran depositados en el cáliz y el cuenco. La suma alzo la mano y de nuevo todas callaron.

   —Yo, Mishná, trigésima cuarta Suma Sacerdotisa de nuestra comunidad de brujas en sintonía con la Madre Naturaleza y las hijas e hijos del Antiguo Dios, os entrego a vosotras, herederas de la otra vida y el cambio, un destino de prosperidad y evolución al tiempo que os dedico mis últimas palabras como vuestra guía religiosa:

»Mi tiempo entre los mortales va llegando a su fin, en pocas lunas estaré descansando para poder volver a la tierra e iniciar así el círculo infinito de Los Antiguos —Hubo diversos cuchicheos que lentamente fueron subiendo el tono, obligando al final a la anciana a guardar silencio—. No estéis tristes ni os alarméis, hermanas —habló tras casi un minuto de mudez, cuando la calma había vuelto—. Mis conocimientos no se perderán, muchas de las aquí presentes habéis sido alumnas mías y habéis recogido mis conocimientos orales en vuestro corazones y libros de las sombras, nada está perdido. Solo deberemos esperar a que el Dios y la Diosa nos comuniquen quién guiará a nuestra comunidad —pero ella ya lo sabía.

El silencio era denso como la niebla de brumario y solo se veía entorpecido por el tambaleo del viento, el piar de algunos pájaros, el ulular de otros, los aullidos lejanos de lobos celebrando el día de su señor y su señora… el sonido de la Tierra.

Mishná tomó entre sus manos un pequeño pedazo de papel ungido en aceites puros, previamente escrito con una caligrafía de líneas finas y rápidas, pero que habían sido previamente escritas en su mente con sumo cuidado. Continuó con la celebración del nuevo año y acercó al fuego de la vela plateada el pequeño pedacito al tiempo que recitaba:

«Sabia Dama de la Luna Menguante,
Diosa de la noche estrellada
enciendo este fuego en tu caldero
para transformar aquello que me envenenaba.
Antiguos Dioses en esta noche ayúdenme a vislumbrar,
como puedo del mal al bien las situaciones transformar.
Que las energías se reviertan,
de la luz a la oscuridad
de la muerte a la vida,
como el Dios, yo he de cambiar».

Una vez el papel estuvo completamente consumado, alzó el rostro y su voz:

    —¡Alzad vuestras velas y que este año resulte próspero para nuestras almas!

Y con vítores, cientos de velas se encendieron y cientos de papeles ardieron al son de la oración dicho anteriormente por la Suma, todas las mujeres allí presentes incendiaron sus pequeños papeles, que ardieron con silenciosa calma en contraposición a sus poseedoras, quienes cantaban al nuevo año y al cambio.

La Suma miró a su hija, situada a su derecha, y sonrió con gran dulzura. No iba a poder cambiar los designios de la diosa, la niña a la que acogió tras la dolorosa muerte de su familia iba a seguir sus propios pasos muy de cerca.

Pero tendría que esperar, aún era joven.



14 ene. 2017

Ávalon de Trivia (Desconocidos) #AdoptaUnaAutora.

¡Buenas!

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Sé que soy un completo y absoluto desastre hecho persona, pero os juro que esta semana tengo una excusa decente por haber traído esta entrada TAN tarde: la vuelta a clases me ha matado por dentro. A partir de la semana que viene seré alguien decente lo juro.


¿Qué es esto de #AdoptaUnaAutora? Es una iniciativa, que probablemente muchos conozcáis (No porque yo os la haya presentado porque, como decía, soy un desastre), que pretende dar visibilidad a mujeres en la escritura, esas grandes invisibles, tanto actualmente como en los clásicos.

En esta iniciativa, bloggers, booktubers, patatias, ranas y sapos "adoptamos" una autora y durante un período de tiempo le hacemos una serie de entradas: reseñas, presentación, información... Lo que sea. Pero, no solo eso, también aceptan ilustradores, por ejemplo.

Os voy a dejar los links para que os paséis por el blog y el Twitter. ¡Os lo recomiendo muchísimo!


Autoras adoptadasAutoras.

Twitter@AdoptaUnaAutora

PD previo: Antes de seguir, me gustaría comentar que tenía intención de hacer primero un apéndice hablando de la autora, pero creo que lo voy a dejar para otra entrada porque se me ha ocurrido una idea.

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Dos islas y dos reyes enfrentados, Xoeh, monarca del Sur frente a Mahindra, reina del Norte. Estos dos reyes preparan la caballería sin perder tiempo. El monarca Xoeh tiene a su mando varios magos poseedores de diferentes dones. La reina Mahindra es apoyada por las cuatro órdenes: la Corona, la Espada, el Escudo y el Arco. En medio de aquel cóctel decidieron a dos personas que poseían dos dones: la Vida y Muerte.

Ávalon despierta en un hospital sin recordar quién era, lo que había hecho ni quiénes eran las personas a las que quería. Poco a poco se verá envuelto en una aventura por intentar encontrarse a sí mismo, pero cuidado, porque nada es lo que parece y a veces... es mejor quedarse sin recuerdos.



Hace unas semanas hice una relectura de este libro con intención de hacer una reseña medio en condiciones, pues tenía apuntes de cuando lo leí por primera vez, pero quería ser consciente de lo que estaba hablando.

Lo primero que quiero destacar es la prosa de la autora, que sabe mezclar de manera muy adecuada sus cualidades en lírica y prosa, con algunas metáforas y comparaciones preciosas, pero que no transforman la narración en una serie constante de frases bonitas (*Cof cof*Paulo Coelho*Cof cof*). Además, creo sinceramente que la autora sabe perfectamente qué nos está contando, cómo y por qué: la información cae en cuentagotas perfectamente medidos.

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Gracias a los cielos, no es como estas cosas.
GRACIAS.

Por otro lado, creo que las descripciones son muy amenas, aunque para mi gusto algo austeras; es decir, había veces que me daba la sensación de que la información que me estaban transmitiendo de personas y lugares (especialmente en esto último) era muy básica; aunque yo soy lo que un amigo llama: "La putilla de las descripciones". Sí, amigos, disfruto con las descripciones de 200 páginas.

Sin embargo, aquí quiero hacer un aparte y mencionar a dos personas (que conozca) que, pese a no gustarle la lectura, han terminado estos libros y cómo mencionaban que esto mismo es lo que les había hecho seguir adelante: narración y descripción amena y bastante bella.

Por último, antes de mencionar lo que quizá menos me haya gustado de todo el libro, voy a comentaros lo que más me ha gustado: Los personajes y sus sub tramas.

Si hay algo que me gusta son las novelas corales con personajes buenos. Y esta es la mejor forma de definir este libro: es cierto que tenemos un personaje principal y varios personajes secundarios con cierta importancia, pero es que la cantidad abrumadora de personajes (La autora nos pone al final un glosario para no tirarnos de los pelos) con historias y personalidades propias. En serio, hay tantísimas historias de las que se puede sacar tantísimo.

Sin duda, lo mejor de todo: muchos personajes con voces propias.

Y ahora... lo peor: el final.

Tenemos un final demasiado abierto con intención, probablemente, de mantener en nosotros la atención y las ganas de continuar con la saga, que aún no se ha terminado de publicar. Pero, es cierto que nos deja el arco de este libro más o menos cerrado, aunque nos abre otro que no será cerrado hasta el cuarto libro (El segundo y tercer libro son anteriores cronológicamente a este).

Libro muy ameno, lleno de subtramas y personajes; aunque quizá la saga acabe siendo demasiado larga (algo que solo el tiempo nos dirá).

Antes de irme, os voy a dejar unas reseñas de este libro que he encontrado y enlaces para que contactéis con la autora. ¡Nos leemos!

Reseñas.



Contacto.



Twitter@AvalonDeTrivia

Un cyberabrazo,



6 ene. 2017

"El problema no es crecer, es olvidar"

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"Ru, ¿por qué el título es una cita? ¡Cúrratelo!". Estaréis comentando ahora mismo y, en cierto modo, quizá si llevéis razón, pero esta cita resume a la perfección todo lo que os quería comentar hoy. Pero primero, voy a poneros en situación: ayer, día 05 de Enero de 2017 vi la película de El Principito que da inicio a la entrada y, además de hacerme reír y llorar, provocó un efecto similar, si no más "duro" al propio del libro y de esto mismo vengo a hablaros.

Sin entrar en una "reseña", algo que no quiero hacer hoy, empezamos con una madre obsesionada con el futuro de su hija y que pretende planificarle TODA su vida (literalmente), lo que provoca que esta pequeña chiquilla se niegue a ser lo que es: una niña. Se niega a disfrutar e imaginar (Incluso hay una escena en la que, al menos a mí, me dio la impresión que se asustaba de su propia imaginación). "Accidentalmente" conocerá al aviador del cuento y aquí es cuando todo cambiará.

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Sin entrar en más detalles de la trama o sus aspectos positivos (Lo bien que adapta la historia original a la actualidad, el desarrollo de personajes, la crítica social, la mezcla de historias y animación, la banda sonora...), quiero mencionar algo muy importante, que ya nos lo enseñó el propio cuento: No hay que olvidar qué es ser un niño.

Esta película me marcó incluso antes de terminarla porque últimamente me he "obligado" a crecer, no en el sentido de madurar, algo normal, si no en el sentido de dejar de ser un crío e incluso dejar de ser "alegre"; es decir, no me había obligado a estar triste, pero sí estaba buscando ser gris.

Ya os comenté en la anterior entrada, pero ver esta película me afectó muchísimo porque AVISO SPOILER vemos cómo el Principito, un personaje con el que siempre me he sentido muy identificado, olvidaba este color propio que tiene y se convertía en un adulto gris más, un aburrido adulto que busca su aburrido puesto en un lugar aburrido. Esto y la niña fueron lo que más me hizo llorar porque me vi reflejado en los dos, vi a un Rubén de momentos distintos en un reflejo: al Rubén de ahora y al Rubén que se quedaría si no cambiaba las cosas. No quiero convertirme en eso, quiero ser un adulto, claro, pero no quiero olvidar qué es ser un niño. FIN SPOILER.

En resumen, no quiero olvidar qué es ser un niño, quiero crecer con ilusión y quiero madurar con la seguridad de que seré feliz, no que seré lo que se me presupone como adulto. Así que, recordad: Crecer no es malo, olvidar sí lo es.

Un cyberabrazo. Os quiere, Ru