[Mitos del Fabricante] Creación.

¡Saludos! Hoy os traigo un relato que se vio inspirado tras ver en Le Cirque du Soleil (Vídeo que me prestaron, no tengo dinero como para verlos) ¡Espero que os guste!
¡Hasta pronto!



Hace muchos eones, antes de que ninguna raza pisase el suelo, estuvo El Fabricante. El Fabricante representaba el alma más pura que pueda existir: la de un infante. Como niño necesitaba entretenimiento y amigos, pero estaba completamente solo en aquella enorme masa negra que se había creado sola. Solo necesitaba algo de compañía y ahí nunca la encontraría.  Decidió que era momento de dar brillo y existencia a aquel triste lugar.

Para esta tarea separó parte de los cuatro principales: Fuego, Aire, Agua y Tierra de sí mismo y les dio vida y forma.

Fuego era un joven fuerte, algo irracional y muchas veces violento, pero a la vez en su interior se guardaba la alegría, la pasión y la viveza de la flama. Junto a El Fabricante creó el fuego y la luz que guiaría a todos día tras día, con ello también crearon la noche para permitir a los seres vivos descansar.

Agua era una chica inteligente, fría y cálida a la vez. De entre todos era la más madura y sería, pero eso no quitaba que apreciase el poder disfrutar y divertirse siempre que aquello no fuese demasiado alocado. Le encantaba bailar y pidió a Viento que crease la música para poder acompasar sus bellos y ligeros movimientos.  Junto a El Fabricante hicieron que apareciese ese preciado líquido tan importante para la vida: el agua.

Tierra era una joven grande, llena de cicatrices por todos los poros de su piel, pero incapaz de dañar a nadie sin motivo alguno. Era calmada y evitaba cualquier combate, sí, pero su ira era temida por todos, hasta Fuego sentía pavor  ante la idea de provocar la furia de esta benevolente muchacha. Junto con El Fabricante creó todos los accidentes geográficos: montañas, laderas, depresiones...

Aire era un joven delicado, delgado y con rasgos sumamente finos, su aspecto recordaba al suave viento matinal. Siempre andaba en sus pensamientos, pareciendo que se encontraba siempre en algún hermoso e idílico universo sobre el arcoíris. Las primeras razas recibieron de él los sueños y los ideales y para Agua creó la música, regalo que luego recibieron las razas primigenias. Con El Fabricante crearon el frío y el calor, al igual que todos los vientos existentes.

Ya habían terminado todo el trabajo, pero aún así había algo que les faltaba. Aún necesitaban algo: vida. No había ningún ser que poblase aquel maravilloso lugar que habían creado, no habían plantas ni animales. Nada. Los cinco se unieron y crearon el mayor logro jamás visto: Vida.

Vida. Una joven hermosa como ella sola, no sabía casi nada, pero su mera sonrisa era capaz de brillar más que todo el firmamento. Era muy difícil para alguien mirarla directamente a los ojos sin ver en ellos la dulzura y la inocencia, siendo así la más similar a El Fabricante. Junto a sus padres creó todos los animales y plantas que cubrirían todo el universo, cubriendo y dando vida a todo el universo, del uno al otro confín.

Al principio reinó el caos, algo faltaba. Todos los seres eran eternos y aprendieron a no apreciar aquel grandioso don que habían obtenido, tomando un descanso eterno y sentados en algún margen del universo, sin hacer nada, solo descansando. A fin de cuentas, tenían todo el tiempo.

Al ver esto, la tristeza inundó el corazón de Vida, ninguna estaba aprovechando aquello. Sentía que ninguno de aquellos seres que había creado junto a sus padres le quería. La tristeza empezó a cubrirla lentamente, haciendo que empezase a dejar de crear seres, si ninguno aprovechaba aquel don, para qué hacer aparecer alguno más. Finalmente, derramó una lágrima que cayó hasta lo más profundo de lo creado en lo más profundo de la tierra.

De esa triste gota surgió una figura negra, completamente oscura en la que sólo se podían apreciar unos brillantes ojos azules que relucían con el mismo esplendor que la lágrima. Poco a poco aquella figura se fue desvaneciendo hasta que apareció un nuevo ser: Muerte.

Muerte era un hombre mayor, anciano. Su aspecto era sumamente delgado, pero no era la delgadez grácil y hermosa de Aire, era una delgadez demacrada, enfermiza. Sin duda era el más sabio entre los que existían, pues antes siquiera de nacer ya lo sabía todo. Por ello se fue de aquel mundo a lo más profundo del mundo, allí estaría solo y haría de juez justo.

Los creadores lo miraron todo y se dieron cuenta de que aún faltaba algo: faltaba alguien que cuidase de aquel nuevo mundo que habían creado. Faltaba alguien que vigilase que nada se destruyese, necesitaban algo que les representase y cuidase su creación. Cada uno de los cinco, junto a Vida, crearon razas con esa misión.

Aire creó dos razas: Los emplumados aviaris y las hermosas sílfides. Los primeros eran unos seres de aspecto similar al de los dioses, pero con la diferencia de que ambos sexos fueron creados  iguales, siendo inexistentes las diferencias entre ellos, su aspecto más remarcado serían las hermosas alas que les permitían volar. Las sílfides fueron pequeños seres de aspecto similar al de los dioses también, pero eran ligeramente más pequeñas y poseían alas de libélulas, que les permitían revolotear por el cielo, y, pese a su ínfimo tamaño, eran sumamente peligrosas, capaces de matar a cualquier otro ser. Estas razas se ocuparon de cuidar los cielos y las grandes montañas a las que sólo los golems y los dragones llegaban.

 Fuego creó a los inmortales fénix y a los sabios dragones. Los primeros eran hermosas aves con poderes ígneos y una grandiosa inteligencia, la cual se veía aumentada cuando se fundían con las llamas, renaciendo con todos sus conocimientos anteriores. Los dragones, grandiosos reptiles alados capaces de emanar fuego por su boca y tomar formas antropomorfa para sus misiones, habían adquirido la sabiduría propia de Muerte –siendo así estos seres unos de sus predilectos-. Ambos debían proteger las zonas más ardientes de la tierra y los volcanes.

 Agua creó a las sirenas y tritones y a las bellas ondinas. Los primeros, parte inferior de pez y superior similar a la de los dioses, debían vigilar las aguas de todos los mares y océanos. Las ondinas, hermanas de las ninfas terrestres vigilaban y cuidaban las aguas dulces, algunas incluso se encontraban en los Polos, las zonas más frías del mundo.

 Tierra fue la encargada de crear a todos los seres feéricos y a los poderosos golems encargados de recorrer las montañas. Los seres feéricos, tan alegres y variopintos en sus coloridas formas, debían proteger todos los bosques y zonas verdes, cuando Tierra los creó hubo una grandiosa variedad de ellos, superior a cualquier otra raza, terminando por ser cada variedad una nueva raza con el paso de los tiempos. Los Golems, seres inmortales creados a partir de la tierra y las rocas de las montañas, debían proteger y cuidar los ecosistemas de estos lugares.

El último en crear fue El Fabricante. Creó a unos seres a su viva imagen y semejanza, unos seres que tenían el poder de los cuatro elementos en su ser, pero que para ello deberían entrenarse más que cualquier raza. Ellos serían los encargados de cuidar todos los lugares del mundo, pero en su interior se generó un sentimiento que acabaría afectando a todos los seres, incluso los dioses, una enfermedad que no pretendió crear, pero que no pudieron evitar: odio. El odio sumiría a las razas en conflictos, luchas, guerras… destrucción.

Cuando todo estuvo hecho, los elementos y El creador se unieron para crear un castillo en el cielo, ese sería el refugio de los dioses. A la vez que esto sucedía, Vida y Muerte vivieron unidos en un lugar ajeno a todo lo divino y mortal, debían ser imparciales. Ellos debían mantener el equilibrio. Aunque, Vida, no pudo evitar hacer escapadas que le acercarían a los seres que tanto había amado: los vivos.




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