[Relatos] Jueves 11.




Madrid, hora punta en la mañana. Miro mi reloj: casi las siete y veinte, voy con tiempo. Cedo el asiento a una mujer embarazada que lleva de la mano a una bonita niña de ojos miel; ella me lo agradece con la más agradable de las sonrisas y yo niego quitándole importancia. Miro su vientre y sonrío imaginando como será la criaturita por nacer: un gran estudiante, lleno de alegría, amor y respeto. Vuelvo a sonreír para mí, preguntándome cuándo será mi momento.

Apoyo un poco la espalda sobre la pared más cercana que tengo y miro a una pareja de ancianos agarrándose con fuerza y dulzura sus arrugadas manos. Se sonríen mutuamente y se hablan con un brillo especial en la mirada, para ellos parece que el tiempo siquiera ha pasado, siguen siendo unos jóvenes adolescentes que se fugaban de sus casas en la noche para estar juntos mientras la luna los escondía.

Un niño unos 10 años menor que yo observa preguntándose qué estoy escribiendo y con  un agradable gesto en el rostro le narro una ficticia historia de dragones, elfos, fuertes princesas y héroes y un alegre final. Él, tras escucharme lleno de atención, corre hasta su madre, una hermosa mujer con hijab que conversaba entre risas con una monja. Ella se acercó a mí pidiendo disculpas, pero con el mismo gesto que había narrado la historia y un gesto de negación con la cabeza le indiqué que no tenía importancia alguna.

Una puerta se abre y estoy a punto de bajarme, pero gracias a Dios me doy cuenta de que es la estación incorrecta, es la anterior a la mía. Qué idiota, casi me equivoco de parada.

Vuelvo a colocarme y a lo lejos veo a una antigua compañera de bachillerato. Me acerco a ella con una mano alzada y ella la choca. Reímos y nos ponemos al día sobre algunos aspectos: qué tal la universidad, si estamos bien de salud..., pero poco a poco, lo que empieza como una charla aburrida para romper el hielo, acaba con carcajadas, lágrimas de la risa y comentarios cómicos.

Entramos en el túnel que indica que estamos cerca, nuestras risas se unen al traqueteo, a las conversaciones y a los pies de las distintas personas y parece que solo somos polvo en el infinito.

Nos colocamos frente a las puertas y a mi lado veo a la madre del joven lector ayudando a colocarse y sujetando a la gestante mujer. Ambas me devuelven la sonrisa que les dedico. Justo detrás de ellas, la pareja de ancianos se colocan lentamente, agarrándose los brazos de forma mutua para evitar caerse.

Vemos la luz, ya hemos llegado. Un agudo pitido se escucha, están frenando. Más pies se unen, más vidas en movimiento. Un nuevo pitido. Silencio. Estallido. Gritos. Llantos. Desesperación.

El fuego lo cubre todo, el humo nos abraza y personas sin vida o luchando por ella caen al suelo. Todos hemos caído. Miro a mi izquierda y esa mujer musulmana ha caído abrazando a su hijo y a la embarazada, protegiéndoles de un monstruoso ruido como ha podido. La niña de miel en la mirada da su mano sin vida a su llorosa madre que entre gritos pide auxilio, no por su vida, sino por sus hijos; incluso sabiendo que ha perdido dos vidas más grandes que la suya. El sonriente lector ahora llora al notar las carmesí lágrimas de su madre en la cara. Los ancianos juntos en el suelo han abandonado todo oxígeno.

Intento levantarme entre gritos de dolor, pero mis piernas no responden. Mi compañera grita mi nombre, se acerca a rastras a mí y me dice que saldremos de esta. Su voz está entrecortada. Miente, lo sabe.

Los eternos segundos corren entre gritos, llantos, rezos, súplicas... Desearía haberme confundido. Desearía haber tomado la estación anterior, la parada que no era. Dejo caer las lágrimas que luchan por desprenderse de mis ojos y llamo a todos mis seres queridos, uno a uno les digo que me esperen, que voy de camino. Veo a mi abuelo y me agarro con fuerza e intento subir mi cuerpo, intentando huir de él. Ordeno a mis piernas que se muevan, que den un paso..., pero solo siento dolor. Grito, lloro, suplico y vuelvo a llorar.

La sangre me cubre. Giro la cabeza y la temblorosa voz que hasta hace unos segundos me animaba ahora calla. Toso. Cierro los ojos y la noche me rodea. Solo quiero dormir.

Soy 193. Soy una mujer, un hombre, un cristiano, un musulmán, un judío, un ateo; un padre, una madre, un hijo; un adulto, un adolescente y un niño; un empresario, un trabajador; una vida y una muerte. Soy 193.


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Comentarios

  1. Te lo juro, de verdad que no estoy mintiendo: me han dado escalofríos al leerlo. No tengo palabras. Ay.

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    1. Ay, me alegro mucho porque he conseguido el efecto que quería; y lo siento también (?)

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  2. ¡Hola!
    Sencillamente precioso. "Un nuevo pitido. Silencio. Estallido. Gritos. Llantos. Desesperación". Esta parte me encantó porque consigues un impacto muy bueno. Es un buen relato; primero muestras al lector la parte bonita de la escena y después la rasgas con suavidad y fuerza a la vez.
    A lo mejor parece contradictorio lo que digo, pero creo que consigues un efecto impactante y delicado al mismo tiempo.

    Un saludo!!

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